Noche madrileña

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Es cierto, Madrid es diferente a cualquier ciudad en el mundo, y hoy he podido comprobarlo.

¿Quieres saber el por qué?

Es muy curioso cómo cambia todo en Madrid, y en especial aquella gente a la que conoces casi como a ti mismo, pero que al volver a verle ha desaparecido casi la totalidad de su ser, hasta un punto en el que casi te da lástima por su estado actual.

No reconoces nada a esa persona a la que tienes frente con frente, y lo poco que observas es que se han llevado lo mejor de su ser a un lugar donde creo, es demasiado difícil de encontrar.

Duro, creo que es la palabra que se aproxima con mayor exactitud a lo que resulta, si no bien cabe mejor decir desconcertante, pues ya nada queda de aquel ser especial al que tanto aprecio tenías, o quizás sí que lo había, pero no lo suficientemente a la luz como para poder verlo con ningún tipo de claridad.

Me niego a pensar que ésto haya sucedido, pero así es.

Os hablo de un amigo al que considero hermano, del cual me parezco tanto como una calabaza a un conejo, pero con el que puedo hablar sin tener que cohibirme, o incluso, acomplejarme por algo.

Es difícil describir la situación. Tanto, que hasta considero que nunca debería haber empezado a escribir las líneas que ahora te encuentras leyendo al otro lado de la pantalla.

Me niego.

Me niego directamente a darlo por perdido, y mucho menos a que sea, como es el caso, alguien al que he llegado a apreciar incluso más que a mi propia existencia.

Es cierto que pocas peripecias he pasado con él, pero la complicidad entre ambos es tal que equivale a una amistad desde pequeños, de ésas que te duran toda la vida, o casi.

Me ha traicionado nuevamente mi inocencia, y he sentido una puñalada que tardará en cicatrizar por mucho que quiera que lo haga.

De hecho, no quiero que cicatrice. De ninguna manera permitiré que así suceda, porque se ha quedado mi ilusión pisoteada, mi felicidad mermada y mi confianza casi brutalmente asesinada.

No cambiaré, porque dudo que pueda cambiar quien tanto desconcierto me ha generado. No daré detalles de los hechos, pues no es de conveniencia que así sea, y de hecho, no tiene ningún sentido si no puede ligarse a la circunstancias.

Sólo puedo decir que ahora mismo tengo al lado a una persona que duerme plácidamente, mientras, a los pies de su cama, suena un teléfono con una alarma cuya duración lleva más de media hora sin parar de intentar despertarle. Yo, sin sueño, a su lado escribo lo que lees, y tengo ganas de regresar e intentar olvidar todo lo que ha pasado para llegar hasta aquí, intentar pasar página, y dado a mi buena fe, perdonarle todo lo acontecido no sin haberle dejado constancia de mi disconformidad.

Lo siento, soy débil, y mi debilidad llega al punto de intentar remediar aquello que hasta a mí me ha llegado a hacer algún daño. Ni puedo ni quiero evitarlo, porque es lo que todos valoran de esa persona que conocen y que tanto les hace reír, y me niego a que Madrid me cambie a mí también, pase lo que pase y suceda lo que suceda.

Me niego a perder una parte de mi ser por el simple hecho de que el tiempo pase y que todo cambie, de que crecer sea convertirse en alguien serio, distante, rígido, agobiado por deudas e incitado a generar más aún, obsesionado con tener y no compartir, alejado de aquello que quiere, sin sueños ni ilusiones de ningún tipo, atrapado en un bucle rutinario casi perpetuo, e incapaz de creer en la inocencia y menos aún en la felicidad.

Todos cambiamos, es cierto, pero si perdemos nuestra esencia, aquello que nos hace ser quienes somos, hemos perdido nuestra vida, y por consiguiente hemos perdido a todos aquellos que quieren compartirla con nosotros, pues no verán a ése ser querido al que tanto afecto tenían, sino a una mala fotocopia en blanco y negro y desteñida de lo que un día fue. Una pantomima de a quien tanto queremos, y siquiera un leve reflejo de aquello que un día nos hizo ser mejores personas por el simple hecho de que él te hacía sentir mejor contigo mismo, te hacía sentir bien, y sobretodo, te ayudaba a olvidar tus penas con el simple hecho de su presencia.

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