Momentos de tensión

Estándar

Hay veces que no controlamos nuestras palabras, que nuestras emociones toman el control de nuestras acciones y hacemos daño sin quererlo.

Debería reconocer que hoy he hecho daño a la única persona por la que lo daría todo sin pensármelo, pero también es cierto que hoy me ha hecho daño como nunca imaginé que lo haría.

Sobran los datos, los motivos de la discusión o las palabras dichas. Aún así, no sobran los sentimientos.

No sobran esas ganas de estamparme contra el suelo y caer indefinidamente hacia el abismo, ni las de intentar que alguien pudiese entrar en mi mente y sentir lo que ahora mismo siento.

No hay momento peor que cuando admites una derrota, y menos aún cuando la derrota que admites es la de tu propia existencia.

Hoy me llegué a plantear nuevamente el hecho de que sin mí el día a día de muchos sería mejor, y que podría llevarlo a cabo en cualquier momento de una forma sencilla.

¿Nadie se ha preguntado nunca desde cuándo hace que no lloro? No es que no quiera, es que no puedo. Mis lágrimas están secas de tanto caer.

No tuve una infancia sencilla, ni una adolescencia bonita, ni una juventud con apoyo. Siempre he sido ese típico lobo solitario que aúlla a la luna llena, al que confunden con un coyote, y que no es más que otro espectro solitario que puebla el universo.

Solo pedía cariño, afecto, comprensión, y lo único que he tenido es queja, desprecio y reproches.

Empecé a escribir este texto con el firme objetivo de que fuera una carta de despedida, un último aullido a una luna llena en mitad de una tormenta, pero las palabras son como sanguijuelas en un cuerpo supuroso, como si cicatrizasen mis males con martillo y cincel…

Hoy me ha dolido lo que me han dicho, y sé que he hecho daño con mis palabras. Aún así no concibo todo lo que anteriormente ha sucedido, ni lo que he tenido que pasar para estar donde estoy.

Soy el más perjudicado de lo que me acontece, y el más acribillado por las ballestas de aquellos a los que siempre he defendido.

No sé si es que soy demasiado tonto, o demasiado bueno, o quizás demasiado arrogante, pero mis dardos hoy llevaban veneno, y no pienso dar el antídoto a quien tantas veces gota a gota me ha ido matando.

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