Niño caprichoso

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A veces es difícil ponerse a relatar lo que pasa por tu mente, y mucho más si es sobre ti mismo lo que te ronda.

Es muy común descubrirse a uno mismo preguntándose cómo es y por qué es así, o al menos ése es mi caso; y es que muy pocas veces nos damos cuenta de que nuestra forma de actuar no es conforme a como creemos ser.

Justamente hace un par de días me enteré de una noticia no precisamente alegre, y durante este tiempo he estado dando vueltas a mi mente el motivo de mi reacción ante la misma, casi impasible y como si no fuese trascendental, y he llegado a la conclusión de que tengro ultravalorada mi moralidad.

Cierto es que ni soy responsable del acto ni tengo nada que ver con el mismo, pero tampoco tengo nada que ver con lo que en su día sucedió en Atocha pero sigo emocionándome cada 11 de marzo.

Es como una excusa, como un “no me apeno porque no quiero, porque no me da la gana, porque no”, como si mi mente se tratase de un niño pequeño caprichoso y malhumorado que intenta sobreponerse a lo que realmente pienso.

Seguramente, si cierta persona lee ésto, sabrá de qué estoy hablando, pero no me hago a la idea de las consecuencias que puedan tener estas líneas, dado que ni siquiera sé por qué estoy escribiéndolas.

Como iba diciendo, ese “niño caprichoso” actúa con doble moral: por un lado se apena por un hecho por el que es normal apenarse, pero por el lado contrario, intenta decir que no lo está, y hace todo lo posible por demostrarlo, actuando de forma fría y arisca, cortante y desagradable, y sobretodo fuera de contexto.

Quizás sea que no quiero reconocer lo que mi mente intenta decir, o quizás sea que no quiero asumir un hecho en concreto, pero cada segundo me asombro más de lo que soy capaz de llegar a hacer.

Más de una vez me he preguntado si emocionalmente demuestro estabilidad, y rara vez mi respuesta es afirmativa, aunque al poco tiempo también concluyo que la estabilidad emocional poco tiene que ver con la vida real, aunque me vuelvo a plantear si realmente se trata de la realidad o solamente de lo que pasa dentro de esa “gran caja” que es mi mente, donde el gato puede vivir o morir sin que nadie se entere, pero que nadie ha conseguido abrir para averiguarlo.

Nadie, y esto es difícil decirlo, ha llegado nunca a comprenderme en la totalidad, y me acusan de frío, distante, arisco, seco, cortante, egoísta o incluso de hechos peores, sin muchas veces darse cuenta de que mi forma de actuar se debe a momentos puntuales por hechos puntuales, reconociendo mi comportamiento como razonable y comprensible mucho tiempo después, cuando ya el daño a mi moral se ha hecho, y cuando la vista hacia los demás ya se ha dañado.

¿Acaso es tan complicado pensar que uno no actúa de forma negativa voluntariamente sino debido a algún motivo causante? ¿Acaso es que ni yo mismo sé cómo soy y cómo actúo?

Parezco un adolescente aprendiendo a mirar más allá de uno mismo, pero un adolescente que no era yo, pues en mis tiempos de adolescencia tuve claridad de ideas como ahora ya no tengo, tuve capacidad de decisión que ahora parece faltarme, y tuve serenidad que ahora parezco no tener.

¿Será una segunda pubertad? ¿Quizás nunca llegué a superarla? ¿Acaso no soy como creo ser? No tengo respuestas para ello. Y seguro que si las tuviese, no me gustaría saberlas.

Solo me queda intentar hablar con ese “niño caprichoso” a ver si consigo comprenderle, empatizar conmigo mismo y finalmente intentar comprender lo que pasa por mi mente.

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