Secretos

Estándar

Es muy común que no suela decir lo que quiero decir realmente, pues mis palabras son toscas si no se encuentran en papel, al parecer.
No consigo comprender cómo mi cara, mis gestos, mis actos, mis escritos, mis silencios; en conjunto, dicen más que mis palabras, aunque siempre sean sinceras.

No hablo de nada en especial, aunque no lo parezca, pero sí que callo mucho de aquello que debería decir, meto la pata constantemente cerrando mi boca, y no parece que escarmiente ni recapacite sobre ello muy frecuentemente.

Tengo una fama con mérito ganada de ser un descarado, una persona que nunca se calla lo que piensa, que nunca mide sus palabras aunque duelan, y que habla de una forma fría hasta en los momentos en los que el “tacto” de las palabras puede beneficiar más que la cruda realidad, pero en cambio, mis emociones parecen haberse guarecido bajo un candado, en un rincón oscuro, donde en mi interior siguen existiendo, pero no salen de puertas afuera.

Ya van varias veces que me he visto encerrado, con ganas de gritar hasta quedar sin voz, con ganas de derramar todas las lágrimas de mi vida, con ganas de aferrarme en un abrazo a cualquier ser aún no esté vivo, pero por más que lo intento no puedo sacarlo, y continúa acumulándose al parecer eternamente.

Es curioso, soy el mejor hombro sobre el que llorar, pero soy incapaz de pedir un hombro en el que dejar caer mis lágrimas. Dejar fluir esos ríos de lava que continuamente me queman, que mis vidriosos ojos dejen de ser tan fuertes, y me derrumbe completamente ante determinadas situaciones.

Hace unos días me extrañé de mí mismo cuando le pedí a un amigo mío que se desahogara con un fuerte abrazo, y esa calidez que desprendía, parecía haberme curado también a mí, sin saber que estaba herido. Me extrañé porque no suelo pedir abrazos salvo que sean para que otros se desahoguen, pero al parecer mi conciencia me traicionó y sin darse cuenta quiso ayudarse a si misma a sanar lo que nadie ha podido llegar a ver nunca supurando como al parecer está.

Fue como una cirugía craneal, precisa y lo más efectiva posible, con cuidado de no hacer daño, pero intentando sacar todo lo malo fuera de allí, queriendo quitar secuelas sin causar más daño, pero muchas veces causando efectos inesperados en el individuo.

Es duro reconocer que a veces me siento falto de cariño, y que esa falta se produzca por no querer reconocer que no soy tan duro como aparento, y que también sufro en algunos momentos, y mucho más de lo que mi cuerpo se empeña en mostrar.

Me han hecho daño, y mucho; y creo que ese es mi mayor problema. He creado una coraza tan dura para que me proteja, que me he olvidado de que ya no la necesito, que no quiero tenerla, y que me avergüenzo de ser incapaz de pedir ese cariño que a todos nos hace falta de vez en cuando.

Gracias a ustedes, a esas personas que me sacan una sonrisa diciendo una chorrada, a esas que me dicen mis defectos a la cara para que pueda enfrentarme a ellos, a esas que me animan a seguir adelante, y a todos esos seres anónimos que me hacen de vez en cuando sentirme importante y escuchado cada vez que me leen.

Hoy me he dado cuenta de que no soy tan débil como pensaba, y que ya no hay necesidad de ocultar lo que realmente siento. Esa fría imagen que soy va a desaparecer muy pronto, y cuando el pollo al crecer se convierta en cisne, todo aquello que ocultaba intentaré que brote y salga de adentro, sin importarme a quien afecte por supuesto (para no romper tradiciones), y culminando mi sinceridad como bandera, mi humildad como escudo, y mi transparencia como razón de vida.

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