Historia, de amor…

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Había una vez alguien, alguien que no era yo.

A ese alguien que aquí contamos le invadió un día de repente una sensación de júbilo y placer al conocer a otro alguien, desconocido hasta entonces, que desde ese preciso instante pasó a ser algo más que un número más en una agenda telefónica o un nombre en una servilleta acompañado de un número y un sutil “llámame”.

Es curioso saber lo a menudo que esto sucede, lo común que resulta ser, lo ordinario y cotidiano que sin duda es que se produzca; pero en este caso era especial, pues aquellos dos desconocidos desde el primer momento en que se vieron ya sabían que no podía quedar todo en un frívolo “hola” con otro aún más frívolo “ya nos veremos para tomar algo”.

No. No podía ser un amante pasajero, una noche de desfogue, la respuesta natural de la lívido ante una situación de atracción física, ante un momento de fervor meramente sexual.

Así fue, y tan profunda era la atracción que siquiera hizo falta hablar para descubrirlos al día siguiente cogidos de la mano caminando por un parque mientras se reían de frases tontas y aún más tontos tropiezos.

Ellos, ambos, encumbraban lo que todos los mortales siempre hemos soñado alguna vez, pero que prácticamente siempre se quedaba precisamente en eso, en un sueño, en un ideal.

Había una vez alguien, y ese alguien no era yo, pues si hubiese sido yo, nunca hubiese terminado. Si hubiese sido yo, aquel momento intenso perduraría todo lo que en su día soñé, y mi mundo multicolor nunca hubiese vuelto a aquel monótono y apagado gris.

Alguna vez dije “te quiero”, y menos frecuentes “te amo” pudieron deslizarse por mis enamorados labios, pero mis historias de amor han sido cortas y espinas, atreviéndome decir como la mayoría suelen ser, pero siempre he querido ser ese ser del “había una vez”, y seguiré soñando con “y fueron felices hasta el fin de sus días”.

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