Amor

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Una noche abrazados. Eso fue lo único que necesité después de tanto tiempo. Una noche con alguien que me diese el calor que nada podría darme nunca.

Desperté, y un buenos días retumbó en mi oído con un susurro que llenó todo el silencio de la mañana.

Le acompañó una caricia, de esas que borran todos los miedos de tu mente y te hacen ser feliz, y al volver a acercarse a mi oreja, dejó caer un tímido te quiero que acompañó a un suave beso en mi mejilla.

Sabía que en ese momento no volvería a encontrar otra excusa mejor para sonreír, y al girar la cara mi boca se encontró aquellos ojos miel que tanto cariño desprendían.

Prófugos, huidos del mismísimo infierno de nuestra mala fortuna, ahora por fin yacíamos en paz en mitad de aquella pradera, ahora más hermosa que la anterior noche. La hierba parecía hacerse cómplice nuestro, y la cálida brisa del verano no cesó en toda la madrugada como cobijándonos del nocturno frío. Todo era perfecto en aquel instante, y hasta nuestros cuerpos parecían conjugar cual aquelarre en un grotesco cuadro de salvaje naturaleza mitológica.

Su cuerpo, aquella fuente de calor que me protegió durante toda la noche, parecía aún más hermoso; y mis deseos más profundos cobraban sentido al sentir su piel contra la mía.

Todo parecía cuadrar a la perfección, salvo nuestras vidas, ahora aún más desbaratadas y destruidas. Pendientes a la mañana nos dimos cuenta de mi buena elección para refugiarnos en aquel paraje, antes yermo abandonado y ahora paraíso cual edén. Nuestros recuerdos de lo acontecido no deberían romper la magia tan perfecta que nos envolvía al igual que una madre a su recién nacido retoño.

Es cierto, éramos nosotros los causantes de aquella circunstancia, pero no fue nuestra voluntad la que lo produjo sino una grave y fortuita casualidad. Estar en aquel momento preciso en ese exacto lugar cuando el destino nos unió y nos separó a la vez.

Aquel beso que tanto habíamos esperado se volvió en nuestra contra, y la mirada casual de quien no debía verlo causó todo lo que aconteció a continuación.

Su padre, tan ocluso en su mente que no comprendió el amor, fue el que comenzó a golpearnos. Mi madre, madre de ambos en aquel entonces, no vio mejor momento para sacrificar su propia vida que proteger a sus entonces dos hijos. Nos salvó a ambos, y nos regaló el abrazo más protector que nunca sentimos.

Al besarle ahora como aquel día no puedo evitar llorar, pues el momento más feliz de mi vida también fue y será mi recuerdo más triste y doloroso. Sé que ella sonreirá allá donde esté al vernos juntos, Sé que su asesino sufrirá al saber de nuestro amor. Y sé que el causante de tanto mal y tanto bien a la vez, será como hasta ahora mi único y verdadero amor. Un amor no comprendido por algunos, y un motivo para morir para otros.

Ya no tengo madre, él tampoco tiene ya padre. Ambos murieron por nuestra culpa. Ambos son la causa de estas líneas. Ambos murieron en nuestros brazos, y son ambos los que descubrieron que nuestro amor nunca podrá ser destruido.

Mi familia ahora es él, y sé que la suya ahora soy yo. Ya no tenemos padres, andamos solos por el mundo huyendo de aquellos que creen que fuimos nosotros quienes acabamos con sus vidas. No nos quedan amigos a los que pedir un favor ni conocemos nadie en los que confiar.

Aún así, es hora de llorar sobre su pecho, y de abrazarlo como un niño perdido al volver a encontrar a su madre. Moriré a su lado y él al mío, pues nuestra vida es una sola desde hoy y para siempre…

 

Acabo de ver una película de un amor a escondidas. Poco tienen que ver la historia antes contada con la que en ella vi, aunque el amor trágico es mi mejor tema a la hora de escribir.

¿No crees que hay amor más puro que aquel que nunca desaparece? Nuestros protagonistas, prófugos de la justicia por un crimen que no cometieron, se sienten culpables a pesar de no ser los responsables de los acontecimientos.

Es una versión exagerada de nuestra realidad, pues en cada rincón de este planeta hay gente que oculta su amor para no recibir una paliza de muerte, al igual que hay gente que daría su vida (y más de uno la ha dado) por proteger ese amor que alguien decidió imposible.

Es hora de luchar por el derecho a amar, pues no hay mayor libertad que compartir con quien queremos el resto de nuestras vidas; y nadie debe decirnos nunca cómo ni a quién deberíamos amar.

Espero volver a sentir los abrazos de nuestro narrador, al igual que también espero no tener que pasar por el mal trago de su historia.

Este texto es una protesta, pues no hay más poder que el que tiene la palabra, y no hay arma más letal que difundirla.

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